(Fuente Jorge Riani para El Diario) Era el patrio trasero de la ciudad: allí donde los penados pagaban sus culpas con la muerte, a manos de los verdugos. Además de fusilamientos ordenados por la Justicia, la plaza paranaense fue campamento del general Francisco Ramírez. A mitad del siglo pasado, los partidos la elegían como escenario de mítines de campaña, y en uno de esos actos, el dirigente comunista Rodolfo Ghioldi fue herido de bala por una escuadra peronista.

Como una moneda que cae cara primero y ceca después, la historia de la Plaza Sáenz Peña cayó muerte en sus comienzos, y más tarde cayó vida. Indagar en el origen de la plaza Sáenz Peña equivale a encontrarse con la historia de un regimiento de soldados al mando del General Francisco Ramírez, espacio devenido luego en patíbulo de la ciudad, donde los reos más temibles de la provincia encontraron la muerte frente a un pelotón de fusilamiento.
Así como la plaza 1º de Mayo –la más antigua de Paraná– fue el centro de varios hechos que nutren los libros de historia, la plaza Sáenz Peña –la segunda más vieja– fue escenario de eventos destinados a ocurrir en las periferias. El patio trasero de una ciudad que escondía sus defectos y sus vergüenzas.

LA MUERTE. Una mujer clama piedad. Grita, llora y su rostro se desencaja mientras ve caer, una a una, a varias personas, frente a los fusiles humeantes del pelotón. Bajo los cargos de deserción, asesinato, robos y estupros, varios presos son arrojados a la muerte, atados de manos y pies. A pocos metros, la mujer, acusada de haber encubierto a varios de ellos, cumple su condena, que consiste en presenciar el espectáculo. Pero la mujer se desmaya antes de ver el final que le tienen reservado: los cuerpos sin vida de sus amigos, pendiendo de una horca para que pasen allí seis horas colgados, a la vista de todos.
Esa historia se desprende del acta y otras crónicas que narran la ejecución de una sentencia judicial que tuvo lugar el 18 de diciembre de 1843, en lo que hoy se conoce como Plaza Sáenz Peña. Por entonces se llamaba Plaza Nueva, y más tarde del Hospital, cuando frente a ella se instaló un leprosario.
“En el mes de julio de 1851 se ejecutó uno de los crímenes más horribles, y casi podría decirse singulares, de que haya memoria en esta provincia: el asesinato alevoso del cura párroco de Concepción del Uruguay, Pbro. José Benito Cotelo”, enseña César Blas Pérez Colman en su libro Paraná 1810-1860.
El cura fue asesinado por un hombre de origen catalán, que le aplicó dos puñaladas y un disparo de pistola en la cabeza. Tal ensañamiento fue la respuesta con que el victimario respondió a las gestiones que hizo el religioso para que él no sea nombrado preceptor en un colegio de Villaguay, debido a una disputa personal que había tenido con otro sacerdote.
Los intentos del joven abogado defensor Evaristo Carriego (padre del poeta de igual nombre) no alcanzaron para salvar al irascible catalán de la pena capital. El 17 de noviembre, a las 10 de la mañana, el asesino del cura Cotelo fue sentado y amarrado en el banquillo, de frente a sus verdugos, donde recibió una lluvia de balas.
La última ejecución que tuvo lugar en la Plaza Nueva ocurrió el 29 de diciembre de 1858. Frente a una concurrencia de más de 500 personas, el sistema penal hizo pagar con muerte al acusado de un asesinato. “Quien tal hizo, que tal pague”, se escuchó una voz que salía de la multitud.

NUEVA ÉPOCA. El nombre de Plaza Nueva o Plaza Grande viene de la época en que el general Francisco Ramírez sitúa su cuartel, en 1820. La historiadora Ofelia Sors, al hacer una descripción del lugar, cuenta que el caudillo entrerriano ordenó construir trincheras en las calles que rodean la plaza, y que hacia 1821 el sitio era ocupado por el ejército de reserva dejado por Ramírez a las órdenes de Ricardo López Jordán.
Aunque ya sin soldados haciendo guardia, ni verdugos cargando fusiles, ni multitudes deleitándose con muertes ajenas, ese espacio público –predestinado a ser epicentro de variadas actividades–siguió siendo un lugar muy concurrido hacia fines del siglo XIX. Su condición de escenario urbano quedó garantizado con una ordenanza del 17 de marzo de 1882, por medio de la cual el lugar adquiere otro destino: estación de carretas que traían mercaderías de consumo desde la campaña hasta la ciudad. Esa especie de mercado persa en la que los paranaenses compraban a buenos precios la leña, frutas y cereales, pasó a llamarse Plaza Constitución.
Cuando Paraná recuperó, en 1883, su condición de capital provincial, la Municipalidad se volcó de lleno al mejoramiento de las plazas. Para la Plaza Constitución se dispone entonces la colocación de 32 bancos, 28 faroles, cuatro piletas de material para plantas y un elegante quiosco en el centro, donde se instalaba la retreta. Todo eso cercado con postes de hierro y una gruesa cadena, según describe Sors.
A principios del año 1900, la Plaza Sáenz Peña continuaba cercada, y en las cuatro esquinas había molinetes para poder entrar. De esa forma se evitaba que ingresaran caballos y vacas.
La plaza adquirió su actual fisonomía con los trabajos realizados hacia finales de la década de 1930 y principios de los 40, bajo las gestiones municipales de Francisco Bertozzi y Enrique Acebal. Los trabajos se enmarcaron en un programa de obras solventadas con fondos públicos y aportes de empresarios privados, con los que se hizo frente a la dura crisis mundial de la década de 1930.
El frondoso bosque que se ubicaba en el centro de la manzana fue eliminado, y sólo se conservaron algunos viejos árboles. Hasta el día de hoy existe un eucaliptus testigo del regimiento de Ramírez y de los fusilamientos.
En 1937 se inauguró el monumento a Roque Sáenz Peña, ideólogo de la Reforma Electoral. La pieza fue realizada por el escultor Israel Hoffman. En 1995 se suman dos monumentos más a la plaza: un busto en homenaje al derrocado presidente Arturo Illia y el Monumento a la Memoria, obra de la artista Amanda Mayor, que recuerda a los desaparecidos de la última dictadura militar.

EL PULSO POLÍTICO. Enclavada en el corazón del barrio de los obreros, cercano al Ferrocarril, la Plaza Sáenz Peña albergó innumerable cantidad de actos políticos.
En 1951, el Partido Comunista organizó su cierre de campaña en Paraná, con un acto que contaba con la presencia de Rodolfo Ghioldi, referente nacional del PC. Desde el palco ubicado en la esquina de Villaguay e Yrigoyen, los comunistas se presentaban como una alternativa al justicialismo de Perón-Quijano y al radicalismo de Balbín-Frondizi. En eso estaban cuando los participantes del acto fueron tomados por asalto por un batallón de obreros peronistas, los mismos que construyeron el complejo Escuela Hogar Eva Perón. Empuñando armas de fuego o espadines fabricados para la ocasión, los peronistas atacaron sin piedad.
Ghioldi recibió un balazo en la zona pulmonar cuando se disponía a pronunciar su discurso.
Osvaldo Gasparín, un histórico militante comunista de Paraná participó del acto. Invitado por el cronista a recordar, contó hace una década: “Yo estaba buscando entre las casas vecinas un lugar donde me presten un tomacorriente para los parlantes. En ese momento escuché varios tiros. Volví mi mirada al acto y lo vi a Ghioldi caído. También cayó herido el flaco Eudaldo Londero. Un grupo de compañeros alzó a Ghioldi y Londero para llevarlos al hospital. Ghioldi fue al sanatorio Uranga, y Londero al San Martín”.
Gasparín recordó que había “centenares de personajes armados con hierros retorcidos, que golpeaban sin miramientos y destruyeron el palco de madera. Cuando lo trasladaban a Londero, un grupo los siguió con la intención de matarlo antes de llegar al hospital”.
“Los disparos no paraban –relató el veterano militante–. En determinado momento vi caído a Repollito González (un puntero peronista que murió por la bala perdida de un compañero suyo). Estaba mirando eso cuando me agarraron del saco, zafé y corrí por calle Villaguay, hasta la esquina con Gualeguay (actual Illia). Como muchos, me metí en una casa cualquiera, trepé por los fondos y salí a calle Feliciano”.
Ghioldi se recuperó y vivió por el resto de sus días con la bala internada cerca del pulmón. Una herida de guerra, adquirida en la histórica plaza Sáenz Peña. Esa plaza que supo de fusilamientos y de retretas. De soldados y de gurises trepando al tobogán. De muerte y de vida.

El todo y las partes
En 1926, al cumplirse el centenario de la elevación de la villa de Paraná al rango de ciudad, hubo varios actos de celebración. En ese marco, en la plaza Sáenz Peña se repartió comida y ropa a la gente pobre.
Desde entonces, la plaza fue un espacio público con una fuerte identidad del concepto de universalización. El hecho de que justamente sea Roque Sáenz Peña el que está representado en el centro del paseo, allí donde confluyen todos los caminos, alude a esa idea. El apellido del ex presidente quedó ligado al sistema de sufragio obligatorio, universal y secreto.
El busto a Illia alimenta ese espíritu y el Monumento a la Memoria mantiene el recuerdo del drama colectivo que sufrió la sociedad argentina.
De un tiempo a esta parte, la plaza ha dado lugar a las representaciones de algunas –por mayoritaria que sean– parcialidades. Ese en ese marco que hoy se inaugura allí el Monumento a la Biblia.
La Plaza Sáenz Peña está en el corazón del centro más cosmopolita y multicultural que tuvo la ciudad de Paraná.

Fichero archivado: HistoriaPlazas

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